dimecres, 31 de desembre de 2008

GAZA: “Van fer un desert, i el van nomenar ‘pau’ ”

“Solitudinem fecerunt, pacem appelunt”

“Hicieron un desierto, y lo llamaron ‘paz’ ”

(La voz de Tácito relatando la destrucción de Cartago por Roma)


dilluns, 29 de desembre de 2008

Paternas I ("Mecánicos", de Osvaldo Soriano)

Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día, indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo sólo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.

Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó qué haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.

Yo no le hice caso pero él se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para qué servían.

A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.

-Sos un cabeza hueca- me decía.

Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.

Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezó a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.

Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigüeñal. De vez en cuando mi viejo gritaba "jCarajo, qué mal trabajan los franceses!" y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:

-Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles . Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.

Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.

Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las vergüenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.

-Andá- me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvás de los bailes y las guardias.

Ese año hice más de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.


divendres, 26 de desembre de 2008

Meditación de perro II: cave canem

Como la postrer ofrenda de una esencia en aras de un amo duro de entendederas, los perros han entregado las contabilidades de su supervivencia para que sean sometidas a la reducción de la biología, de modo que la potenciación de su edad (múltiplo de la humana) -y la más que presunta defunción del compañero canino antes que la del patrono- ha venido a ser casi una vacuna contra la vanidad de los entorchados con que suele adornarse la gente en el decurso del desfile de biografías pretendidamente perdurables. Como si, en el perro, estuvieran cifradas las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre en clave biológica.

No hay gran consenso sobre esa desdichada circunstancia, números exactos, entiéndase, sobre el cómputo de la precedencia de la tumba del faldero a la de su amo, ese faldero muerto de viejo al que, si se lo mira con el cariño que suelen generar los cánidos domésticos, causa trauma en el punto en que esta trampa del destino nos depara el abandono del hocico del amigo antes de ese tiempo que tenemos hipotéticamente asegurado como tiempo de goce de los afectos (seguridades que son inalterables al abrigo del parnaso algo ridículo de nuestras ingenuidades).

En fin, animales “hechos para el hombre”, las raras peripecias de la genética (de Dios -diría un creyente-, o de algo que no se nombra como “destino” -oscurecería J. L. Borges-) y la persistencia perruna rendida frente a la mano que lo alimenta han procurado que el último y más grande servicio que los canes hubieran de prestar al ser humano fuera, para desgracia de aquéllos, apurarle al animalillo de cola movediza el duro trago de la muerte prematura para hacer sentir al primate superior el vértigo insoportable de los pedestales mundanos y la futilidad de las cosas poseídas fuera de uno, que auguran eternidad imposible y prohijan crueldades indiferentes fruto de mitologías que prometen blindada inmunidad a la vileza frente al paso de los días. Cave canem, cave canem, cave canem. Amén.

Gustavo F. Soppelsa

dilluns, 15 de desembre de 2008

Qui en dirà més gran mentida?,/fum, fum, fum;/qui en dirà més gran mentida?

[13/12 | 06:00] El intendente de Concepción del Uruguay, Marcelo Bisogni aseguró que el conflicto entre la Municipalidad y el gremio de los empleados municipales (AOEM), que se viene desarrollando desde hace un mes, es de carácter “político”..

El presidente municipal de nuestra ciudad, ante medios provinciales que se han hecho eco de la protesta del gremio, manifestó que: “hay que tener responsabilidad en la administración para hacer frente a la crisis”.

El conflicto entre el Gobierno municipal y los empleados “es político”, aseguró el intendente Marcelo Bisogni, tras mencionar que las diferencias son “con el gremio, porque los empleados municipales siguieron trabajando y prestando los servicios”.

En otro tramo de sus declaraciones, Bisogni afirmó: “Cuando asumí el 10 de diciembre de 2003 tenía 490 empleados municipales que, en ese momento, estaban por debajo de la línea de pobreza y percibiendo menos de 300 pesos en concepto de sueldo”, recordó.

“Hoy puedo decir con mucho orgullo que tengo 180 familias que cobra 1.300 pesos, que son los que menos perciben de su sueldo, y otras con hasta 5 mil pesos de remuneración”, diferenció.

Ante esta realidad, Bisogni recordó que “estamos viviendo épocas difíciles, no sólo en Entre Ríos, si no a nivel mundial”.

No dudo en sostener que “hay que ser responsables, para de esta forma garantizar que el primer viernes de cada mes en Concepción del Uruguay se cobre el sueldo”, manifestó.

http://www.laprensafederal.com.ar/despachos.asp?cod_des=69661&ID_Seccion=174






diumenge, 14 de desembre de 2008

Kaganer per la gràcia de Déu

Caganer de Cristina F. de Kirchner

El caganer és una figura dels pessebres de Catalunya i el País Valencià, sovint amagada en un racó, darrere d'un arbust, on fa les seves necessitats a l'aire lliure. Vestit, generalment, amb camisa blanca, pantalons foscos, faixa i barretina vermelles, sovint amb pipa. L'home que caga, l'home que fa les seves necessitats són altres noms que se li han atribuit.

(Viquipèdia)

Se cree que el origen de esta tradición se sitúa en el siglo XVIII. Tradicionalmente, el caganer era un campesino ataviado con la indumentaria tradicional catalana (faja y barretina]). Más modernamente se han realizado todo tipo de versiones del caganer , utilizando a menudo la imagen de personajes populares como políticos o deportistas.

Generalmente, esta figura se sitúa en un rincón apartado del belén, intentando que no quede en un lugar destacado. Aunque no se conoce con exactitud cual es la razón para colocar una figura defecando, se cree que el caganer con sus heces fertiliza la Tierra, por lo que se le considera un símbolo de prosperidad y buena suerte para el año siguiente. La tradición del caganer está aceptada plenamente por la Iglesia .

La gente decía que con sus heces abonaba la tierra y así la fertilizaba para el año siguiente. Con él había la salud y tranquilidad de cuerpo y alma que hace falta para montar el pesebre, con el gozo y alegría que comporta la Navidad en el hogar. Colocar esta figura en el Belén traía suerte y alegría; no hacerlo comportaba desventura.

Fuente: Wikipedia




divendres, 12 de desembre de 2008

"Lèvati sù", disse 'l maestro, "in piede: la via è lunga e 'l cammino è malvagio" (Alighieri, Inferno)

Abandona desdeñoso

El camino

Seguro y engreído

Donde apoyas tus pies

Y deja que él forje

Sus propios torcidos

Destinos.

Destinos que

Te son brutalmente

Ajenos.

Tú pisa el aire.

Hunde la bota

Justo allí

Donde la huella

Jamás se borra:

En el aire.

Sigue el sendero

De tus zapatos que sueñan,

Marca,

Más allá del lodo

De la realidad,

La ruta que,

Por invisible,

Nunca se desdibuja.

Usa las alas

Que te da el báculo

De la esperanza,

Que tampoco se atasca

En las hendiduras del sendero

Hecho para el paso militar.

Y,

Antes que los pájaros

Te humillen,

Conoce, por humano,

El don supremo

De volar.


Gustavo F. Soppelsa


dissabte, 6 de desembre de 2008

La casa d'Asterió



I la reina va donar a llum un fill

que es digué Asterió.

Apol•lodor: Biblioteca, III, I


Sé que m'acusen de supèrbia, i potser de misantropia, i potser de bogeria. Aquestes acusacions (que jo castigaré al seu degut temps) són irrisòries. És veritat que no surto de casa meva, però també és veritat que les seves portes (el nombre de les quals és infinit *) són obertes dia i nit als homes i també als animals. Que entri qui vulgui. No hi trobarà pas pompes donívoles aquí ni el rar i extravagant aparat dels palaus, però sí la quietud i la solitud. Així mateix hi trobarà una casa com no n'hi ha cap altra d’igual a la faç de la Terra. (Menteixen els qui declaren que a Egipte n’hi ha una de semblant). Fins i tot els meus detractors admeten que no hi ha un sol moble a la casa. Una altra brama ridícula que s’ha divulgat és que jo, Asterió, sóc un presoner. Repetiré que no hi ha una porta tancada, afegiré que no hi ha un pany? A més, alguna tarda he trepitjat el carrer; si he tornat abans que es fes de nit no ha estat per altra cosa que pel temor que m’infonien les cares de la plebs, cares descolorides i aplanades, com la mà oberta. Ja s’havia post el Sol, però el desvalgut plor d’un infant i les tosques pregàries del ramat humà van dir que m’havien reconegut. La gent resava, fugia, es prosternava; els uns s’encimbellaven a l’estilobat del temple de les Destrals, d’altres agafaven pedres. Algun, crec, es va amagar sota l’oceà. No debades la meva mare va ésser una reina; no puc confondre’m amb el vulgar encara que la meva modèstia ho desitgi.
De fet sóc únic, no m’interessa allò que un home pugui transmetre a d’altres homes; com el filòsof, penso que res és comunicable mitjançant l’art de l’escriptura. Les tedioses i trivials minúcies no tenen cabuda en el meu esperit, el qual està capacitat per a grandeses; mai he retingut la diferència entre una lletra i una altra. Certa impaciència generosa no ha consentit que jo aprengués a llegir. De vegades ho deploro, car les nits i els dies són llargs.
És clar que no em falten distraccions. Aparentant ésser un moltó que va a envestir, corro per les galeries de pedra fins que, marejat, rodolo per terra. M’agotzono a l’ombra d’un aljub o on de sobte fa corba un passadís i jugo a fet i amagar. Hi ha terrasses des d’on em deixo caure, fins ensagnar-me. A qualsevol hora puc jugar a estar adormit, amb els ulls tancats i la respiració poderosa. (De vegades m’adormo de debò, de vegades ha canviat el color del dia quan he obert els ulls.) Però d’entre tots aquest jocs el que prefereixo és el de l’altre Asterió. Fingeixo que ve a visitar-me i que jo li ensenyo la casa. Amb grans reverències li dic: Ara tornem a la cruïlla anterior o Ara desemboquem en un altre pati o Ja et deia jo que t’agradaria el canaló o Ara veuràs una cisterna que es va omplir de sorra o Ja veuràs com es bifurca el soterrani. De vegades m’equivoco i riem de bona gana ambdós. No només he imaginat aquests jocs; també he meditat sobre la casa. Totes les parts de la casa hi són moltes vegades, qualsevol lloc és un altre lloc. No hi ha un aljub, un pati, un abeurador, un pessebre; en són catorze (són infinits) els pessebres, abeuradors, patis, aljubs. La casa és de la grandària del món; més ben dit: ella és el món. Malgrat tot, a força de vagar, cansat de recorregudes avorrides, pels patis amb un aljub i polsoses galeries de pedra gris, he arribat al carrer i he vist el temple de les Destrals i el mar. Això no ho vaig entendre fins que una visió de la nit em va revelar que també són catorze (són infinits) els mars i els temples. Tot hi és moltes vegades, catorze vegades, però dues coses hi ha en el món que sembla que hi són només una vegada: a dalt, l’intricat Sol; a baix, l’Asterió. Potser jo he creat les estrelles i el Sol i la enorme casa, però ja no me’n recordo.
Cada nou anys entren a la casa nou homes perquè jo els alliberi de tot sofriment. Sento llurs passes o llur veu al fons de les galeries de pedra i corro alegrement a cercar-los. La cerimònia dura pocs minuts. Cauen un darrere de l’altre sense que jo m’ensagni les mans. On van caure, quedaren, i els cadàvers ajuden a distingir una galeria de les altres. Ignoro qui són, però sé que un d’ells profetitzà, a l’hora de la seva mort, que en algun moment arribaria el meu redemptor. Des de llavors no em dol la solitud, perquè sé que el meu redemptor és viu i al capdavall s’aixecarà per sobre de la pols. Si la meva oïda abastés tots els sorolls del món, jo percebria les seves passes. Tant de bo ell m’endugui a un lloc amb menys galeries i menys portes. Com serà el meu redemptor?, m’ho demano. Serà un brau o un home? Serà potser un brau amb cara d’home? O serà com jo?
El Sol del matí reverberà en l’espasa de bronze. Ja no hi restava cap vestigi de sang,
-Ho podràs creure, Ariadna? -digué Teseu- El minotaure a penes s'ha defensat.

*L’original diu “catorze”, però sobren motius per a deduir que en boca d’Asterió aquest adjectiu numeral val per “infinits”.

Jorge Luis Borges

Traducció a cura de Gustavo F. Soppelsa i Olga Pena Guiu

dissabte, 22 de novembre de 2008

Jo vinc d'un silenci

Vull alçar la veu,

per cantar als homes

que han nascut dempeus,

que viuen dempeus,

i que dempeus moren.

Joan Manuel Serrat



“Pío Collivadino pintó este alto en el trabajo para almorzar y dio a cada uno de sus protagonistas un papel o una clave para ver en la escena algo más que la celebración de la camaradería entre obreros de la construcción. Es un fresco del año en que transcurre y deja entrever la maneras diferentes en que lo viven por edad, situación propia o desconocimiento, cada uno de los obreros. Es todavía el sueño de una Argentina hacia la opulencia del Centenario. La luz y los colores acentúan ese espejismo. Sólo una mirada ligera nos haría quedarnos con esa impresión.

“Los tres obreros jóvenes comen y ríen. El de la barba huele a barco y nostalgia. El que come en primer plano sosteniendo la comida con esas manos sólidas y constructoras en las que confía es el que casi está apoyado en los elementos del trabajo y mira la batea que pareciera acaba de abandonar. Hasta ahí la seguridad. Pero están los dos hombres del fondo. El de la pipa, el único que no come, habla, con la mano entreabierta que indica la explicación. Le habla a un solo compañero como si todavía quisiera dejar a los otros la libertad de entregarse a lo que sienten.

“Como si supiera que se empieza hablando de a uno. ¿Habla de una lucha que conoció en otro continente?

“Lo cierto es que nunca nos responderá la pregunta que le hubiéramos hecho. ¿Sabía que el año anterior, 1902, se había sancionado la Ley de Residencia y su lucha se adensaba con otro golpe?”


Juana Bignozzi, “El trabajo en la plástica”

http://www.elinterpretador.net/34JuanaBignozzi-ElTrabajoEnLaPlastica.html



diumenge, 16 de novembre de 2008

Artistes sota sostre

Fa molt de temps, a cert escriptor entrevistat en televisió li vaig escoltar dir alguna cosa que mai no se m'ha oblidat: que la cultura protegida, “oficialitzada per mecenatge”, àdhuc diguem políticament “irreprotxable”, esdevenia estèril.

Predicava aquell home que l'art es mou, si aquest art és de debò, serpentejant pel perillós i mortal congost de la crítica al poder, o a allò que és gairebé el mateix (llegeixi's l'estat de coses “aprovat” per la unanimitat de la gent que es troba còmoda, el consentit com “real” pels qui dominen).

Record que, per aquesta sendera de reflexió, posava en relleu que la declamada i àrduament sol·licitada “protecció de la cultura” pels governants venia a ésser una contradicció, i l'artista tutelat, conseqüentment, un eunuc domesticat, potser fins i tot contra la seva voluntat, doncs, per fi, qui mossega la mà que l’alimenta sense sentir-se almenys una miqueta ingrat?

En la seva línia, i escandalitzant per l'absurd, ho reconec, em ve a la memòria altra paràbola qu’ell va disparar llavors: els bons pares són una desgràcia, perquè conspiren contra la natural rebel•lió que està en la gènesi de la pròpia personalitat ja que, qui s'atrevirà a ésser algú si no es pot ésser millor que un model admirat i no superable?

Gustavo F. Soppelsa

Artistas bajo techo

Hace mucho, a cierto escritor entrevistado en televisión le escuché decir algo que nunca se me ha olvidado: que la cultura protegida, “oficializada por mecenazgo”, aun digamos políticamente “irreprochable”, resultaba estéril.

Predicaba aquel hombre que el arte se mueve, si lo es de verdad, serpenteando por el peligroso y mortal desfiladero de la crítica al poder, o a aquello que es casi lo mismo, léase el estado de cosas “aprobado” por la unanimidad de la gente que se encuentra cómoda, lo consentido como “real” por los que dominan.

Recuerdo que, en ese sendero de reflexión, ponía de relieve que la declamada y arduamente solicitada “protección de la cultura” por los gobernantes venía a ser una contradicción, y el artista tutelado, consecuentemente, un eunuco domesticado, quizá incluso contra su voluntad, porque, al fin, ¿quién muerde la mano que lo alimenta sin sentirse un poquito ingrato al menos?

En su línea, quizá escandalizando por el absurdo, lo reconozco, me viene a la memoria otra parábola que descerrajó entonces: los buenos padres son una desgracia, porque conspiran contra la natural rebelión que está en la génesis de la propia personalidad ya que, ¿quién se atreverá a ser alguien si no se puede ser mejor que un modelo al que se admira y no es superable? Se non è vero…

Gustavo F. Soppelsa



dissabte, 8 de novembre de 2008

Corazón de siglo

Corazón de siglo despenado

y en trance

de ser siglo.

Te llama -voz hermosa-, corazón,

la incandescencia

de los megamercados,

la fiesta eterna

de la mano impaciente,

y experta, como nunca,

en el trabajo leve de romper

envoltorios de regalos.

Te convoca, corazón,

y eso te hipnotiza

como pocas veces antes,

una mano relamida

por el eléctrico placer

de adquirir

superficies nuevas,

relucientes,

de últimos modelos pintados de rojo,

rojos hoy sólo sonrosados.

Sin espías al volante

fotografiados

con la rubia indeclinable

y dispuesta a atravesar

el viejo muro de la capital

hoy redimida

de Germania

con el frío adorno

de la clandestinidad

transformado en gargantilla

de brillantes.

Una rubia fuera de tu alcance

reluciendo ofuscada

por la intromisión de la linterna

del milico del check-point.

Aquellos rojos de pasión

-es mi credo-

no serán más rojos.

Serán violetas o anaranjados,

[o blancos]

o remedarán el púrpura desvaído y colonial

de la casa que mira

a la Plaza de Mayo.

Pero nunca, corazón,

(aquí y allá) sobró tanto.

Por eso lo que falta

es simétrico

a la abundancia

de carteles luminosos gigantescos

y gaseosas livianísimas

destinadas a fabricar cuerpos

elongados

por el publicitario premiado,

mejor dotado

y rearmado

con un corazón para este siglo.

¿Qué quiere este corazón?

Corazón de siglo imberbe

inventándose martirios

para llenarnos

el corazón

de computadoras cómplices,

de puntos infinitos,

omnividentes

y pantallitas electrónicas,

como trozos

de una conciencia

brotada baja la bendición

y el peso insoportable

de un augurio del Aleph,

ése que en el sótano de cuento

mareó la curiosidad

de aquél que fue

luego

ciego famoso.

Corazón del siglo que comenzó

a renguear, como todas

las centurias que lo concibieron,

con los ojos enceguecidos de codicia

para usurpar lo mejor del mundo.

Corazón loco de amor

por este tiempo

(que no sabe si es el suyo)

y urgido por sanar.

Corazón de siglo

y de mínima piedad interesada

erguido al pie de la pirámide

inabarcable de la videoteca

donde

centenares de días muertos

quedaron como herencia imponente.

Allí dentro,

verás portentos y mutilados.

En ese monumento destinado

a hacer de piedra la memoria

de la imagen

veré y verás

antes maravillosos

rostros infantiles hoy talados

por el bisturí insensato del dolor,

y sueños en jirones

engalanados con promesas

que madurarán

en los corazones de otros siglos.


Gustavo F. Soppelsa